La inteligencia emocional implica la habilidad para percibir y valorar con exactitud la emoción; la habilidad para acceder y/o generar sentimientos cuando éstos facilitan el pensamiento; la habilidad para comprender la emoción y el conocimiento emocional, y la habilidad para regular las emociones que promueven el crecimiento emocional e intelectual.

 

La educación emocional ya se encontraba presente en los filósofos y pensadores de la antigüedad aunque, como apunta José Antonio Marina (2005), en la mayor parte de los casos estaba enmarcada en el ámbito de la ética. Los primeros “educadores de los sentimientos” fueron Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Epicteto y Séneca (con su obra Consolación a Marcia, un tratado acerca del duelo y cómo afrontarlo). Y, más adelante, Descartes (con su Tratado de las pasiones), Spinoza y Rousseau, este último considerado “el gran educador emocional” de Europa. Así, teniendo en cuenta toda esta tradición, se considera que la educación emocional constituye un saber instrumental que debe encuadrarse en un marco ético que le indique los fines, y que ha de prolongarse en una educación de las virtudes que permita la realización de los valores fundamentales.

 

En primera aproximación, las tecnopersonas pueden ser definidas como aquellas personas físicas o jurídicas cuyas identidades, relaciones, capacidades y desempeños están (estrictamente) mediatizadas por el sistema tecnológico TIC. Suelen ser identificables mediante diversos números propios (URLs, nombres de usuario en los servicios de acceso a Internet, las redes sociales o las redes bancarias, contraseñas, direcciones de correo electrónico, números de teléfono móvil, direcciones en las redes sociales, códigos IBAN de las cuentas bancarias, números de las tarjetas de crédito, etc.). Dichas identificaciones son asignadas por las diversas empresas proveedores de servicios (conexión, acceso, visibilización, etc.) en el mundo digital. Gracias a las plataformas tecnológicas que los señores de la Nube construyen y mantienen, las tecnopersonas se relacionan entre sí y llevan cabo diversos tipos de acciones.

 

Tecno-acciones y heteroconciencia
En segunda aproximación, las tecnopersonas pueden ser caracterizadas por el conjunto de acciones que llevan a cabo; pero teniendo claro que la mayoría de dichas acciones son realizadas por los ordenadores que operan con los datos, no por los usuarios físicos de las redes. Dicho de otra manera: una tecnopersona no se reduce a lo que hace, sino que incluye también las acciones que otros hacen con los resultados de sus tecno-acciones, por ejemplo con sus datos. Surge así una característica particularmente importante de las tecnopersonas: no tienen conciencia de sí mismas, o a lo sumo tienen una conciencia mínima de lo que hacen. En lugar de la autoconciencia tradicional de las personas, en el mundo digital hay que plantearse el problema de la heteroconciencia. Los ordenadores zombies son un buen ejemplo de ello.

 

Cabe profundizar más en la noción de tecnopersona, pero lo anterior puede bastar para un primer acercamiento al problema. No hay duda de que estamos ante una innovación disruptiva, cuyas consecuencias para los seres humanos son muy difíciles de prever. En particular, las personas que mueren biológicamente pueden seguir siendo tecnopersonas, puesto que su existencia y sus acciones en el mundo digital pueden haber sido automatizadas. Otro tanto cabe decir de la reconstrucción de los hechos pasados. Conclusión: la aparición reciente de las tecnopersonas transforma la noción de tiempo, incluido el pasado, no sólo el futuro. Las tecnopersonas tienen tecnopasados y tecnofuturos. También en plural.

 

Fuente\  bbvaopenmind.com