Todo en Maldivas es una playa. Y no una playa cualquiera, una en la que la arena siempre es de la finura de un rayo de sol, el agua tiene unas gamas de turquesa picassianos, el ir descalzo casi ni es opcional y los peces no exhiben ni un solo color aburrido y vienen a saludarte a la orilla.

 

 

El millón de visitantes que multiplica por cuatro cada año la población del país aún están descubriendo los nuevos hostales para viajeros independientes (y el servicio regular de ferris entre islas) y sigue eligiendo en su gran mayoría los resorts. Con sus villas interiores o sostenidas sobre el agua, ocupan cada uno una isla. Aquí te lo dan todo hecho. Principalmente el sol, el mar y la arena, los básicos de Maldivas que te recuerdan ya para siempre que el mundo también es esto. Y la entrada que da acceso a todo este espectáculo es descalzarse.

 

De los muchos encuentros casi de fantasía con que te recibe Maldivas, el de los peces voladores se lleva el primer premio. O la meta volante. Te estás trasladando en barco de isla a isla y de pronto te adelanta un torpedo de colorines, el pez volador, a 60 kilómetros por hora y hasta a un metro por encima del agua. Uno se queda embobado viendo esos vuelos sorpresa rectilíneos de hasta 200 metros de distancia.

 

 

No es que sea endémico de Maldivas (vive también en otros mares de aguas cálidas), pero verlo siempre se convierte en un encuentro un poco sobrenatural, sea el primero o no. Las cerca de 40 especies de peces voladores que existen desarrollaron la capacidad de sacudir la cola 70 veces por segundo para emerger y alejarse de sus muchos depredadores submarinos. Una vez fuera del agua los pájaros podrían ser un problema para ellos, pero en realidad su principal enemigo son los pescadores que los capturan de noche con luces que los atraen como a las liebres.

 

 

CENAS BAJO EL AGUA
Cenar una langosta con público puede ser un poco incómodo, pero si son los primos de la langosta los que te miran la cosa se pone dramática. El hotel Conrad Rangali Maldivas cuenta con un restaurante, el Ithaa, situado 5 metros bajo la superficie del Índico y cuyo techo es una cubierta curva de vidrio.

 

 

Eso en Maldivas significa rapidísimos y constantes remolinos de peces de todos los colores y tamaños. Y eso en Maldivas significa también muchos tiburoncitos blancos, la miniatura de aquellos que nos atemorizaban de pequeños. Y también muchas fantasmales rayas flotando majestuosamente. La época con mejor visibilidad es de diciembre a marzo, pero el resto del año tampoco está nada mal.

 

 

DESEAS VOLAR
Maldivas consigue convertir los vuelos en otro de los placeres del visitante. Para empezar, la llegada al aeropuerto de la isla de Hulhumale (a un paso en barco de la capital), se puede hacer en la clase Business de Qatar Airways, que ha acumulado premios en los últimos años como mejor clase preferente del mundo (y con el mejor catering) y mejor aerolínea del mundo.

 

 

Llegar hasta allí parando en la terminal Premium de Doha (la única terminal del mundo dedicada exclusivamente a la vida regalada si viajas en las clases aéreas superiores) y usar intensivamente el pijama y la carta de vinos que ofrece la aerolínea en Business es empezar antes de llegar las “vacaciones de estar descalzo”, el producto típico de Maldivas. Trata de ocupar un asiento de ventanilla: la postal de los atolones, el océano intenso y las villas sobre el agua que precisamente te llevó hasta aquí está justo a tus pies. El avión te regala una de las mejores vistas que se pueden encontrar en Google Maps (o sea, en el planeta) y unas fotos que siempre quedan bien aún a través de las ventanillas.

 

 

El otro transporte aéreo que vas a tomar es el hidroavión que te lleva de isla a isla y que ofrece algunos de los momentos más mágicos e hilarantes del viaje. En manos de diversas compañías, con un diseño de interiores de autobús de línea y asientos sin numerar (sube pronto y siéntate en una ventanilla delantera), lo primero que descubres al subirte es que los pilotos van descalzos. Procura no preocuparte: si ellos están así de cómodos es que todo va bien.

Fuente\ traveler.es