El fenómeno Me Queer ha dibujado la última frontera del colectivo LGTB+: contar nuestras historias para conquistar el espacio público que merecen.

 

El pasado viernes vivimos una Revolución en España. Rubén Serrano, periodista del portal ‘PlayGround’, se hizo eco del hashtag #MeQueer, iniciado en Alemania por el escritor Hartmut Schrewe, y en solo unas horas se convirtió en un fenómeno en redes sociales y medios de comunicación de nuestro país. Inspirado en la iniciativa Me Too del pasado octubre, gracias a la que mujeres de todo el mundo contaron sus experiencias como supervivientes de la violencia machista y sexual, la idea era que el colectivo LGTB+ volcara en Twitter sus historias como supervivientes de agresiones homófobas, ya fueran físicas, verbales o culturales (las microhomofobias cotidianas).

 

Los miles de testimonios son sobrecogedores, pero demuestran, más allá del dolor y la tristeza, algunas verdades inspiradoras que dan lugar a la esperanza. Que la unión efectiva de la comunidad puede crear un movimiento político imbatible, y que hacer públicas nuestras historias sirve tanto para exorcizarnos de ellas como para conquistar un espacio en el que poder gritar y ser escuchados. No obstante, el Me Queer no debería limitarse a canto colectivo, sino que debería alzarse como una herramienta para empujar a instituciones, educadores y padres (a todos los ciudadanos sería lo ideal) a legislar la protección LGTB+ y perseguir a aquellos que la violen.

Es curioso que campañas como Me Queer sucedan en un momento en que los demonizadores de las redes sociales encuentran cada vez argumentos más incuestionables. Por encima de todo, el daño que los trolls organizados generan no solo dentro de cada plataforma, sino como formadores de opinión pública a través de realidades exageradas en forma de fake news. ¿Siguen siendo medios como Twitter lugares positivos para la toma de conciencia política o es impensible hallar criterio en ellas? Días antes del Me Queer, nos planteamos esta pregunta gracias a un artículo de ‘Wired’, titulado ‘La continua evolución del arte del vídeo para salir del armario’.

 

Suena algo más enrevesado, pero la idea es sencilla: cómo YouTube y otras redes sociales de nuestra era se han convertido en canales perfectos para que miles de personas hablen públicamente de su condición sexual, y animen a otras miles a hacer lo mismo, ante su familia, sus amigos, sus followers… El portal estadounidense cita el caso de Elle Mills, una youtuber de casi un millón y medio de suscriptores, que hizo saber a sus amigos que le gustan las chicas retándoles a dibujar primero la imagen que tenían de su crush perfecto. Su vídeo cuenta ahora con más de tres millones de reproducciones, casi la sexta parte de los 17 millones de personas que vieron el de Ingrid Nilsen.

 

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El ejemplo de Con amor, Simon
Aunque en algunos círculos piensen lo contrario, salir del armario sigue siendo un acto político. En un país como Rusia, donde se celebró el último Mundial de fútbol, se tortura y asesina a hombres gais en campos de concentración, y una capital como Madrid fue testigo en 2017 de más de 280 agresiones homófobas, más de cinco a la semana. Estos números los repasamos el pasado junio con motivo del estreno de la película ‘Con amor, Simon’, el fenómeno LGTB+ del verano, que narra las desventuras de un chico de 17 años cuando se propone hablar de su homosexualidad con sus padres y sus amigos. Salir del armario sigue siendo no solo un rito de paso vital, un conflicto más que oportuno en el género adolescente, sino también un momento revolucionario.

 

‘Con amor, Simon’ plantea además el debate que abordamos hoy: cómo las redes sociales, en este caso un sencillo blog o una dirección de mail (así les sucedió a muchos miembros del colectivo que ya han superado la treintena), pueden acercarnos a otros referentes emocionales, incluso al nuestro propio que no hemos asimilado muy bien. De hecho, si volvemos a YouTube, encontramos el ejemplo de una estrella popular como el cantante Troye Sivan, que publicó un vídeo en el que salía del armario aún a riesgo de perder un contrato con una discográfica. Otra circunstancia fue la de Shawn Mendes, que desmintió los insistentes rumores sobre su homosexualidad a través de Snapchat.

 

También en ‘Con amor, Simon’ encontramos un componente que nos permite reivindicar las plataformas tecnológicas como arma política. No dejes que nadie te robe tu salida del armario, y es inconcebible una apropiación mayor que la de crear alrededor de ella tu propia obra de arte. El ejemplo de Elle Mills, que combina en su vídeo banda sonora, reflexiones personales, testimonios de amigos e incluso un divertido challenge con ellos, es perfecto. De hecho, en redes sociales puedes hallar tantas propuestas diferentes como personas se han animado a hacerlo, desde aquellos que plantan a sus padres delante de la cámara a los que prefieren compartir la pieza y ponérsela luego en la intimidad.

 

Pero no olvidemos que la visibilidad es importantísima: ya que el cine y la televisión aún se muestran reticentes a la hora de darnos relatos LGTB+, creemos los nuestros propios desde nuestra experiencia, y conquistemos los espacios públicos, aunque sea virtuales, para volcarlas. Sin pequeños grandes avances como estos sería imposible concebir hoy algo como el Me Queer: puede que nuestras historias no sean perfectas, puede que ni siquiera sean bonitas ni alegres, pero son nuestras, y merecen ser escuchadas.

 

Fuente\  revista gq.com